Fuera de la agricultura, pero todavía vulnerables: cinco claves sobre el trabajo rural en ALC

29 Septiembre 2026

1 Ventas Asoc Biofresa En Miraflores

Durante mucho tiempo, pensar en el mundo rural latinoamericano remitía a la imagen de familias que vivían de la tierra. Hoy, esa imagen ya no alcanza. La agricultura sigue siendo la principal actividad en las zonas rurales de la región, pero emplea a menos de la mitad de sus trabajadores; el resto trabaja en el comercio, la construcción, el transporte o los servicios. Al mismo tiempo, la pobreza rural se redujo a la mitad: en 2003, dos de cada tres habitantes rurales eran pobres; en 2023, uno de cada tres.

La caída de la pobreza es una buena noticia, aunque hay un matiz no menor: la mejora alcanzó tanto a las zonas rurales como a las urbanas, pero no cerró la brecha entre ellas. En 2023, la tasa de pobreza rural fue del 34%, el doble de la urbana, que se ubicó en el 17%. En las zonas rurales, donde viven unos 120 millones de personas, esa brecha no es un detalle.

¿Por qué persiste la vulnerabilidad rural a pesar de tantos cambios? Esa pregunta guía el capítulo 7 del Reporte de Economía y Desarrollo (RED) 2026 de CAF, Raíces del futuro: el nuevo mundo rural de América Latina y el Caribe, y un documento de trabajo en el que profundizamos ese análisis con encuestas de hogares de 14 países a lo largo de las últimas dos décadas. Estas son cinco claves de lo que encontramos.

1. La brecha no se explica solo por quiénes viven en zonas rurales

Una explicación intuitiva sería que la población rural quedó cada vez más rezagada en aspectos como la educación, el tamaño de los hogares o el acceso a servicios. Pero los datos cuentan otra historia. Los hogares rurales de hoy son más pequeños, sus integrantes estudiaron más años y tienen mucho mejor acceso a servicios básicos: la electricidad, por ejemplo, ya llega a casi todos. En todas estas dimensiones, la distancia con los hogares urbanos se achicó, aun cuando la migración de jóvenes más educados hacia las ciudades podría haber empujado en sentido contrario. La brecha de pobreza, en cambio, no se achicó. Si la explicación no está principalmente en las características de las personas, hay que mirar las oportunidades que tienen a su alcance.

2. El trabajo rural ya no es sinónimo de agricultura

El cambio fue rápido: en 2003, la agricultura todavía empleaba a más de la mitad de los trabajadores rurales; hoy, al 43%. Esta caída ocurrió en la mayoría de los países y forma parte de una tendencia de largo plazo de transformación estructural: a medida que las economías se desarrollan, la agricultura pierde peso en el empleo total y también dentro de las zonas rurales.

3. Pero los nuevos empleos no son necesariamente buenos empleos

La diversificación del empleo más allá de la agricultura trajo algunas mejoras. Los empleos rurales no agrícolas son, en promedio, menos precarios y mejor remunerados que los agrícolas. La informalidad (definida como el trabajo sin aportes a la seguridad social, trabajar por cuenta propia en tareas de baja calificación o sin remuneración) es, en promedio, más baja. Aun así, la distancia con las ciudades se mantuvo: dos de cada tres trabajadores rurales siguen en la informalidad, frente a menos de la mitad en las zonas urbanas. Incluso fuera del agro, la informalidad rural está muy por encima de la urbana. Y muy pocos trabajadores rurales ocupan puestos profesionales, técnicos o directivos, algo que casi no cambió en dos décadas.

4. La diferencia de ingresos se concentra en el trabajo por cuenta propia

Aunque la brecha se redujo, los trabajadores rurales siguen ganando menos por hora que los urbanos. Una parte se explica porque, en promedio, tienen menos años de educación. Pero lo más revelador aparece al comparar personas con la misma educación, edad y género. Entre los asalariados, la diferencia prácticamente desapareció: un empleado rural gana casi lo mismo por hora que uno urbano con un perfil similar. Entre quienes trabajan por cuenta propia, en cambio, la brecha persiste.

¿Por qué? Un salario es, en buena medida, el precio del trabajo: si los trabajadores pueden moverse entre lugares y empleos, las diferencias salariales entre personas comparables tienden a acotarse. El ingreso de un trabajador independiente, en cambio, depende también de la escala, el capital y la organización de su unidad productiva, que en el campo suele ser pequeña, informal y ligada a la agricultura. Cerca de un tercio de los trabajadores rurales trabaja por cuenta propia. Además, a partir de cierto nivel educativo, estudiar más rinde menos en las zonas rurales que en las ciudades, y todavía menos en la agricultura: la educación no se refleja plenamente en mejores ingresos cuando la oferta de empleo local genera pocas oportunidades que requieran esa formación.

5. La pobreza rural ya no es solo agrícola

Los hogares que viven de la agricultura, sobre todo los de productores por cuenta propia, siguen siendo los más pobres del mundo rural. Pero a medida que el agro perdió peso, más hogares pasaron a depender de actividades no agrícolas, y hoy en ellos vive más de la mitad de la población rural. Como muchos de esos empleos siguen siendo informales y de bajos ingresos, la pobreza también es frecuente entre ellos. Por eso, casi la mitad de los pobres rurales vive hoy en hogares cuyo sustento principal está fuera de la agricultura. Dicho de otro modo: salir del agro no alcanzó para salir de la vulnerabilidad.

También cambió la forma en que se sostienen los hogares rurales más pobres. Para ellos, las transferencias públicas y las pensiones representan hoy casi 40% de sus ingresos, frente a alrededor de 12% hace dos décadas. La protección social ganó un papel importante, pero el ingreso del trabajo sigue siendo el punto débil.

¿Qué implica esto para las políticas?

La principal lección es que dejar la agricultura y acceder a un buen empleo son dos cosas distintas. América Latina y el Caribe avanzó mucho en la primera y bastante menos en la segunda. A medida que las economías rurales se vuelven menos agrícolas, el desafío es generar empleos más productivos, formales y mejor remunerados, y facilitar que la población rural acceda a esas oportunidades. El RED plantea una hoja de ruta amplia; en lo que hace al trabajo, se destacan tres frentes.

Primero, crear mejores oportunidades donde vive la gente. Cuando el campo se moderniza, hacen falta menos manos para producir lo mismo, pero también surge trabajo alrededor de la producción: procesar los alimentos, almacenarlos, transportarlos y brindar servicios a los productores. A eso se suman el turismo, la pesca, la actividad forestal y los empleos verdes que el reporte destaca como sectores con gran potencial para diversificar los ingresos de los hogares rurales. Para que esas oportunidades lleguen, los productores y emprendedores rurales necesitan acceso a crédito, seguros ante sequías o inundaciones, seguridad sobre la tierra que trabajan, riego, caminos y conectividad.

Segundo, conectar a las personas con esos empleos, con formación alineada con la demanda local e intermediación laboral. Las reglas también cuentan: en Uruguay, con negociación colectiva rural desde 2005, nueve de cada diez asalariados agropecuarios están registrados.

Tercero, proteger e impulsar a la vez. Las transferencias públicas y las pensiones no contributivas reducen la pobreza y deben llegar mejor a los hogares más vulnerables. Su potencial crece si se combinan con medidas para la inclusión productiva: entregar activos junto con capacitación y acompañamiento técnico da buenos resultados, pero el emprendimiento rural mal diseñado puede perpetuar unidades pequeñas y poco productivas.

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